Hace unos cuantos días volví por cuarta vez a París.

Cuando era pequeña soñaba con visitar la ciudad de las luces, tomarme una foto en la Torre Eiffel, y ver frente a frente a la Gioconda.

Ahora este enamoramiento idealizado ha desaparecido.

París es algo más grande que aquella ilusión adolescente. Ahora la veo con defectos tan claros y grandes que podrían hacerme no regresar nunca más sino viera también su infinita belleza, su alma bohemia y no me pasaran las cosas más increíbles en ella, como si tuvieramos una conexión extraordinaria.

Su clima es un tormento. Londres tiene fama de lluviosa y gris, pero París no es muy diferente (incluso he vivido más días de sol en la capital inglesa). Cuando no me llueve, me caen pelotas de granizo. Los mejores perfumes se crean en Francia, pero no son precisamente aromas exquisitos los que se respiran en las calles, por no hablar en el metro. El tráfico es caótico y desordenado, los pasos de cebra en verde para el peatón pasan desapercibidos, ¡corre para evitar ser atropellado! (me siento como en casa, en México, cruzar una calle es deporte de alto riesgo). París es la ciudad de la gente con expresión melancólica, apresurada, insatisfecha con sus gobiernos, críticos y pesimistas.

Pero también es la ciudad de la bohemia, de los pequeños detalles, de los cafés para charlar o leer un buen libro mientras la lluvia acaricia las ventanas, de los divertidos mercados. De pequeñas librerías, de artesanos, músicos, pintores. El París de Amélie.

De la diversidad. París es francesa, árabe, latina, asiática. Católica, ortodoxa, musulmana, judía y atea.

Yo aún veo al París de Edith Piaf, Sidonie Colette, Henri Salvador, Proust, Sidney Bechet y donde decidieron pasar sus últimos días Cortázar y Wilde.

Al París de los besos, de los piropos, del romance, del flirteo. La seducción y la sensualidad. Es una ciudad que aprecia a los sentidos que están abiertos a cualquier chispazo.

mes amour

caminando por París

Mi fascinación por París va in crescendo desde que decidí hacer menos caso a los mapas y más a mi intuición de que descubriré un pequeño nuevo placer a la siguiente esquina que voltee.

Tal vez me he convertido en flâneur, alguien que deambula por las calles sin ningún plan, “perdiendo” el tiempo y ganando en experiencias espontáneas. Disfrutando de la ciudad a mi manera.

Ahora que lo escribo, tal vez no soy sólo flâneur en París, sino en mi vida cotidiana. Y me doy cuenta que me gusta serlo :-).

Au revoir!

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